Del 83 al 86 Vigo era un buen sitio donde vivir, locales abiertos hasta el amanecer, cafeterías setenteras para reponer fuerzas, buena música en unos cuantos locales y el sabor metálico de una ciudad dura. Siempre ha ido buscando su identidad y ser el centro de la movida gallega daba para echarse pisto. Hasta el Faro de Vigo sacaba un encarte moderno cada cierto tiempo llamado Pharo The Bego y el Ayuntamiento financiaba un viaje de fin de semana a la troupe de Alaska para ponerle un lazo al Olivo, salir de copas y decir que Vigo se escribe con M de movida. Dicho así suena a cachondeo, pero pasó.
La época del Tintimán, un megafanzine con una cubierta impermeable y un formato imposible. Este grupo era tan pretencioso como todo aquello pero llamarse Bauhaus a mitad de aquella década era apuesta segura. Por otro lado a Peter Murphy le sobra carisma y no lo hacían nada mal en esta spitting image del Ziggy de Bowie, anticipando el rock gótico. Un tiempo confuso y efímero donde vestiamos orgullosos camisas pintadas a mano como si las hubiera hecho Pollock. «Making love with his ego/ Ziggy sucked up into his mind/ Like a leper messiah/ When the kids had killed the man/ I had to break up the band/ Ziggy played guitar». Dos años después no quedaba casi nada. El Kremlin cerró y la ciudad aguantó con algún concierto en los bajos del Manco y los buenos grupos que pasaban por La Kama, el garito hacia Bouzas, que tuvo a los Flamin´ Groovies o los Godfathers. Aún quedaba para la Iguana pero en Vigo siempre hubo un garito donde ver algo bueno.
Bauhaus y la cabeza borradora

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